"Para escribir se debe echar todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad y hasta la felicidad". Faulkner
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jueves, 8 de noviembre de 2018

La lanza de Aquiles




La lanza de Aquiles


    Brandon, que tiene nombre americano al igual que Max, pero que nacieron y viven en México, liberan sus miembros viriles para estimularlos con premura hasta el punto de endurecerlos; ya erguidos los falos como torres de pisa, los zarandean y presumen a los diminutos ojos de pez que los registran. Pedro empieza a tomar fotos y Faraón a grabar. Pedro y Faraón ya terminaron su turno. Los videos y fotografías se envían de manera anónima a los distintos contactos previamente apuntados en una lista. Jazmín es la primera en descargar la foto. “Para miserias, mejor no me envíen nada”, responde indignada. El pene pertenece o a Brandon, Max, pedro o Faraón, piensa Jazmín, porque son los más problemáticos del salón, los que siempre se están metiendo en un chingo de líos. Verónica mira la foto que le han compartido con zalamería sus amigas: un falo erecto, una selva negra, unos huevos broncíneos; más bien: un enorme huevo broncíneo. Verónica recuerda la primera vez que los compañeros le enviaron una foto similar. Se puso colorada. La imagen la retuvo por varios días; qué barbaridad, lo que había visto era el pito de uno de sus compañeros. Ahora lo mira imperturbable porque ya lleva tres años soportando las mismas estupideces; el ardite es tan emocionante como mirar un poste de luz a mitad del día, opina ella. “Niños ingenuos que piensan que con mirar sus pinches pitos prietos una se va a excitar o a admirar”, le dice a una amiga. Verónica coloca sus audífonos en sus orejas y regresa a escuchar su música de rockpop, borrando la infame imagen de su cabeza. Más tarde llegan los videos, uno a uno. Paola, que ya está cansada con los complejos edípicos de los chicos, revienta la tolerancia y enseña el video a la maestra, la maestra al orientador y el orientador al director.


    Briseida está resignada con el mediano castigo que le dieron a su hijo. Pedro está expulsado por dos días y debe acudir a terapia con el psicólogo. Ella tiene una copia del video que se distribuyó en el salón. “No lo reportaremos con la policía -dijo el director-, aunque sabe que esos videos pueden llegar a manos de gente malintencionada para ser vendida, distribuida a nivel nacional e internacional, saliéndose de total control”. Un video había salido del celular de su hijo, y aunque ella lo negó más de una vez, las pruebas mostradas fueron contundentes porque los videos encontrados en los teléfonos de Max, Faraon, Brandon y Pedro, según el orientador, tenían una distinta fecha a los descargados de sus demás compañeros. “Después, ellos mismos se delataron”, concluyó el orientador, jactándose de su labor de detective.
    —Allí está —dice Briseida que enseña el video a su amiga—. Es una réplica del pito de su padre.
    —¿No me digas?
    —Delgado y curvado hacia abajo. Además, la mano que lo sostiene, tiene un diminuto lunar en el dedo anular que nadie identificó al momento de que lo analizaron. El mismo lunar que tiene también su padre. ¡Deja de ver el pene de mi hijo, cochina!
    —Estoy buscando el lunar que dices. Y ya no es un niño, por lo que veo aquí.
    —Pues lo es.
    —Bueno, ve el lado bueno: está orgulloso de su pito. Conozco gente que nunca lo está.
    —No entiendo qué fue lo que lo llevó a hacer esto. Lo he educado de una manera, bueno, le he enseñado a respetar a las mujeres. Es amable conmigo, con sus tías, con su abuela, contigo. No sé si es porque no tiene una imagen paterna o...
    —¿Ya lo saben tus hermanas?
    —Si ellas ven esto o saben de lo que ha ocurrido... no quiero imaginar. Ellas no se deben enterar. Pedro me ha jurado que no volverá a hacerlo. Él sabe que si lo vuelve a hacer, se los diré. Claro que no lo haré, pero él se muere de pavor que lo sepan.
    —Ya quita esa cara que no ha matado a alguien. Uuuy. ¿Pero qué me dices de éste? Es como los que te gustan.
    —Estás loca.
    —Somos mujeres y somos locas.
    —Es del tal Brandon. Todo fue su idea, me dijo mi hijo.
    —También debe tener el mismo pene de su padre, ¿no crees? Si así está el hijo, ya quiero conocer al padre.
    —¡Dame eso! —Briseida arrebata el teléfono de las manos de su amiga y lo arroja a una mesa de centro—. Cosas que pasan ahora. Antes no ocurría nada de esto. Recuerdo que cuando tenía su edad, una compañera llevó una revista para adultos. Y entonces conocimos los penes de los hombres porque los libros de texto sólo mostraban unos penes dibujados a caricatura.
    —Ni me digas. A mí me expulsaron por dibujar un pene con lápiz labial en toda la página del libro de una compañera. Como no tenía idea de cómo era, lo dibujé con forma de pirámide. Y eso bastó para que me castigaran. Nadie veía una forma de pene más que la maestra. Así debía haber estado de desesperada la maldita perra.


        Hablar de penes resucitó en Briseida una simiente que creía  ella estaba para siempre olvidada. Ya acostada en su cama, está mirando bajo una tenue luminosidad, la pantalla de su teléfono celular. Mira el video, en particular: el pene de Brandon. Su pecho se llena de un torrente de sangre caliente que, en pocos segundos la inflama con una sensación irresistible y hasta entonces desconocida. Una base firme, un tallo robusto que reduce su grosor hasta terminar con un rosado glande con forma de flecha que apunta al cielo. Su amiga lo resaltó cuando lo advirtió, sabiendo de las preferencias inconcientes de Briseida. Ambas mujeres habían trabajado juntas un par de años, cuando tenían apenas diecisiete años. Damas de compañía. Escorts. Su amiga aún continúa en el negocio y la ha invitado a una que otra reunión con gente poderosa que la recuerda. Pero a Briseida ya no la mueve el dinero como a su amiga; un hombre adinerado le deposita puntual su mensualidad a cambio de un encuentro sexual cuando él se lo ordene, que no ha sucedido en más de un año. La familia de Briseida piensa que está recibiendo pensión del hombre que la abandonó, “y es mejor que lo sigan pensando”, ha expresado.
    Llena de arrepentimiento, Briseida aparta el teléfono de sus manos y jura no volver a ver el video. Cierra los ojos. “Debo borrarlo”, dice como una autómata programada pero vuelve a tomar el teléfono con sus delgados dedos y sus uñas bien pintadas. No se atreve a eliminarlo. Las uñas pintadas de color rojo carmín le recuerdan su pasado rebelde. “Por qué me he pintado las uñas”, dice extrañada. “Es el color de la puta que llevo dentro”. Apaga el teléfono y cierra los ojos.
    “La puta”.
    Permanece así por diez minutos y de nuevo se levanta como impulsada por una prisa endemoniada.
    La palabra puta la ha excitado.
    Hace lo insólito. Lo edita. Corta imágenes hasta que queda una sola: el pene de Brandon en una transición que se repite cada diez segundos. Un gif.
    “Portentoso”.
    Suelta el teléfono, lo aparta y cierra los ojos nuevamente.
    “Majestuoso”.
    Es un pene firme el que surge en su mente parecido al del chico Brandon. “¿No crees que es portentoso?”, dice aquella voz cavernosa de su pasado. Un hombre grande junto a ella. Un vapor que escapa de la puerta al momento de abrirla. Es el pene erecto de su tío el que tiene enfrente, a la altura de su boca pequeña. Su tío le arrebata la toalla y se retira un par de pasos. Pero a un lado está el papá de Briseida. “Qué dices: el mío es el campeón. Se paró más rápido y ahora me debes diez grandes”. Y Briseida de infanta no aparta la mirada de esas cosas rojizas como serpientes,  monstruosas, pegadas a la cintura de los hombres pero que parece no espantarles; y que incluso les hablan a esas víboras como si les escucharan, como si estuvieran vivas. “Siempre trata de buscar sólo las lanzas de Aquiles, Briseida”, dice su tío, para luego ser echada del lugar a empujones por parte de su padre.
    Su mano se mueve involuntaria debajo de la sábana, debajo de la ropa interior. Sus dedos se encuentran en los pliegues, en el clítoris, y hunde el dedo medio en su frenesí salvaje, reteniendo la palabra Aquiles en su cabeza. En la mitología griega, Briseida fue concubina de Aquiles hasta que Agamemnón se la arrebató, causando la ira de Aquiles. Briseida y la lanza de Aquiles siente ella, han marcado su vida por lo que dijo su tío y porque su padre decidió llamarla Briseida como aquella Briseida y no María como deseaba su madre. Agamemnón en su momento fue un símbolo ocupado por su madre conservadora, la religión, su conciencia, la sociedad.


    Briseida tiene la pelvis levantada apoyándose de las dos rodillas y una mano de soporte que tiembla a cada ruido jadeante que en vano reprime para que no reverbere fuera de su cuarto. Las imágenes danzan sobre sus ojos, danzan atravesando el cabello que cubre su rostro y danzan junto al sudor que tiene perlada su frente. Qué importa si es el pene de un muchachillo, de un niño, piensa ella; es la misma naturaleza que lo ha llamado, que lo tiene listo, que lo inclina hacia una sola dirección: la penetración. Si no estuviera listo no se erguiría, no se llenarían de sangre los tejidos eréctiles; no se sensibilizaría el glande, no se levantaría en su estado más majestuoso, no; pero ese pene sí; allí estaba en perfidia de un cuerpo puberto sin necesitar otra gestión que no sea la de complacer a cualquier mujer que lo aceptara, que lo recibiera. Y Briseida lo acepta en su flamígera imaginación como a un compañero capaz de despertar el acicate de un placer silenciado, enterrado, primitivo.


    Pedro tiene una consola de videojuegos y ha invitado a sus amigos a jugar en su cuarto. Cada uno de ellos ha desfilado excepto Brandon, que no se muestra muy interesado por los juegos de disparos y golpes. Briseida ha aconsejado a su hijo que lo convenza para que pueda hablar sobre el asunto que causó la expulsión de ambos, hace un mes. A Pedro le extraña y le desagrada la idea pero ahora su madre se lo está exigiendo. Y un día Brandon aparece en la puerta repentinamente. Briseida lo recibe y se muestra amable como cualquier otra madre. El chico sube al cuarto de su amigo. Pedro sabe que en cualquier momento Briseida acudirá a hablar con ellos. Pedro no quiere estar presente cuando eso suceda, por lo que lo manda abajo por unas botanas, donde sabe, se encontrará con ella. Luego de que los disparos y los golpes suben en intensidad en el videojuego, Briseida ha sorprendido a Brandon parado junto al refrigerador, sacando unas latas de refresco. “Pedro me mandó por unas sodas”, tartamudea ante la bella mujer madura. Briseida lo ha estado cazando desde que llegó como una gata en celo. “El orientador me dijo que tú fuiste el de la idea de grabarse”, acusa ella. El chico está espantado y no sabe qué decir. Balbucea, suda, farfulla los nombres de los otros compañeros en su desesperada defensa. La mujer no aparta la mirada del chico quien trata de evitarla como quien quiere salir corriendo. “¿Te crees ya un hombrecito?”. Briseida es incrédula de que de un cuerpo tan menudo provenga tanta vigorosidad, tanta pujanza para provocar tanto delirio, tanto derrame de fruición por las noches por parte de ella, quien no ha dejado de mojar su sexo con su perturbada imaginación, ansiando una quimera que en su estado más conciente sería impensable de llevar a cabo. Pero no es Briseida, la madre de Pedro quien habla ahora con aliento a alcohol; no es Briseida quien se acerca desvergonzada a paso de puta para cercar, atemorizar y atrincherar al confuso chico. En menos de veinte minutos se ha bebido un cuarto de botella de tequila para intentar callar la voz conciente de Agamemnón. Lo ha planeado por días, lo ha luchado con su conciencia y se ha rendido a la libido.
    —¿Has besado a una mujer? —pregunta ella.
    No responde. Acerca su boca a la boca del chico que está como un conejillo asustado, y besa los trémulos labios delicadamente. Ambos se están mirando a los ojos, cazador y presa, presa y cazador.
    —Pero te estaría decepcionando si te quedas con esto solamente.
    Surge la sonrisa malévola de Briseida quien nuevamente embiste y su lengua atraviesa el frágil umbral para tantear encías, lengua, dientes, al mismo tiempo que una mano mantiene bien prensada la quijada mientras hurga y escarba como ruin ladrón. Es tanta la violencia ejercida por parte de ella que le ha sangrado los labios al chico que aún no ha advertido el tamaño de la afrenta.
    Enloquecida en su trance ha llevado las manos abajo para palpar el bulto, para acariciar la forma henchida, para liberar la ansiada lanza. La lanza que ha llevado a la boca y la ha comenzado a lamer, chupar y succionar. Tan absorta se encuentra en su fruta excoriada que no se da cuenta que su hijo los está mirando, que está en estado catatónico al tiempo que se escuchan unos disparos de metralleta. Brandon se rompe en un quejido animal, doblándose como un muñeco de trapo. Hincada, Briseida pide al chico que en treinta minutos baje interponiendo cualquier pretexto, que lo esperará en la recamará de ella; que lo que acaba de sentir no es nada comparado con lo que allá le esperará. No siente arrepentimiento, no lo siente porque está decidida a continuar con el abuso por unos días, semanas, meses, decidida a hacer suya la lanza de ese chico hasta quedar completamente saciada para después, echarlo de su vida a como hizo con el padre de su hijo. Un pene arqueado hacia abajo no es una lanza, pero en su momento, aquella curva rígida era el símbolo de su rebelión, su resistencia, su rechazo a la mitología que estaba segura la condenaba.
    Brandon sube las escaleras entre el desconcierto y la presuntuosidad. No se concentra en el videojuego. Mira el reloj a cada minuto. No ha abierto el refresco al igual que Pedro. Los dos juegan en silencio. El reloj corre con lentitud. La emoción lo obliga a decir que se siente mal del estómago, que irá con urgencia al baño. Pedro le dice que hay un baño arriba. Brandon le contesta que mejor irá al baño de abajo. Da un paso hacia la escalera, dos, tres y después siente el fuerte empujón en su espalda, la caída brutal. No está muerto, está mirando a Pedro cuyos ojos son desconocidos. Sujetan su cabeza y la estrellan varias veces al filo del escalón. Brandon ya no ve para dónde corre Pedro ni tampoco escucha instantes después los gritos histéricos de Briseida.


jueves, 29 de mayo de 2014

El hermano ausentado



Había llegado de Estados Unidos. Su padre se lo había llevado desde muy pequeño. Ahora era todo un hombre. Tenía intenciones de invertir en un negocio familiar, así que decidió venir a México. Su madre por fin lo conoció en persona. Había crecido más que su papá. Lo abrazó como un hijo recuperado. A quienes no conocía, era a sus dos hermanas. Cuando a él se lo llevaron, una estaba aprendiendo a gatear y la otra apenas tenía dos meses de gestación. Verlas fue lo mismo que ser presentado con unas completas desconocidas.
    No fue fácil para las mujeres acostumbrarse a la repentina presencia de un hombre dentro de la casa. Sus hermanas habían crecido con su madre, él, con su padre. Ahora ya no podían permitirse el descuido de dejar alguna ropa interior en el baño, dejar los tampones o la toalla húmeda en el bote de la basura. Tenían que ser limpias, ese fue el consejo de su madre mientras él estuviera viviendo con ellas.
    Oírlo orinar a chorro estruendoso era un acontecimiento dentro de la casa. “¿Lo oíste?”, decía Paulina. Y Paulina y Liliana se echaban a reír. Liliana rápido lo convirtió en su confidente, pero Paulina, más tímida, huía de su cercanía.
    Liliana le preguntó:
    —¿No crees que es guapo?
    —No, no creo. —contestó ella, desconcertada.
    —¿Por qué me miras así? Si tiene con qué y yo por dónde, ¿qué tiene de malo?
    —Estás loca.
    Liliana se carcajeó de la actitud contraída de su recatada hermana. Ella no tenía pudor alguno en decir lo que pensaba. Y otro día la escuchó decir: “Si no fuera nuestro hermano, me cae que me lo cogía". Sus preguntas con el tiempo fueron subiendo de tono. “¿Has visto sus brazos?” Apuesto a que puede con las dos.
    —¡Eres asquerosa!
    —Apuesto a que él también fantasea con nosotras —dijo perversa.
    —No quiero oír.
    —Apuesto a que nos ha imaginado acostadas sobre su cama —insistía Liliana—. Apuesto que ha imaginado abriéndonos las piernas.
    —Ya basta.
    —¿Crees que tenga el pene grande?
    —Deja de decir estupideces.
    Pero Liliana seguía hablando como poseída, y hasta los ojos se le elevaban de la tierra.
    —Te recuerdo que estás hablando de tu hermano y no de tu novio.
    —Mamá te dijo que es nuestro hermano, pero es falso. Te voy a decir la verdad. Papá antes tenía una amante.
    —Lo estás inventando.
    —Esa amante tenía ya un hijo, producto de un amor del pasado. Su amante murió y papá decidió cuidar de este niño.
    —¿Y de qué murió su amante?
    —Un accidente. La atropellaron.
    —Todo lo estás inventando.
    —Mamá me lo dijo una vez, cuando estuvo borracha. Tú te habías dormido.
    —No te puede decir algo así.
    —Lo hizo. El caso es que ese niño es Fernando y ahora está disponible para nosotras.
    —Ya mero te voy a creer.
    —No me creas si no quieres.
    Liliana siempre hablaba demás. Nunca se sabía si decía la verdad o decía una más de sus mentiras. Llegó de una fiesta y dijo: “Hoy tuve sexo con dos hombres. Fue fantástico”. Y al otro día, por terceras personas, se supo que no estuvo en dicha fiesta sino que se fue con una amiga”.
    Liliana la hizo creer que Fernando no era su hermano y ella quería descubrir si decía la verdad. Quería preguntarle a su madre de una vez, ¿pero cómo preguntar algo así?, ni de chiste.
    Liliana comenzó a exhibirse y contonearse frente a Fernando. No era sencillo para él apartar la mirada si se atravesaba frente al televisor, justo cuando se transmitía el partido que deseaba ver. Paulina sabía que lo hacía para fastidiarla, para convencerla de que lo que había dicho en confidencia de hermanas, era cierto: de que Fernando no era su hermano. Allá iba con sus jeans ajustados, sus shorts cortos o sus mallones. Le miraba provocativamente. A veces él no podía disimular el fuerte llamado de su naturaleza viril, al quedarse a mirar  las redondas nalgas o las corvas de las pantorrillas. Paulina lo había sorprendido un par de veces, provocando que éste se abochornara de su tentación descarada.
    —No sé qué es lo que estás buscando —le dijo Paulina—, pero esto se lo voy a decir a mamá.
    —Ve y dile.
    Liliana subía el volumen de su grabadora o su celular, y se ponía a bailar a mitad del pasillo o en el centro de la sala, subyugando la atención de su hermano.
    —¿No será que tú eres la que tiene más ganas de él? —le cuestionó a Paulina. Ayer te vi cuando le llevaste la cerveza.  ¿Crees que no te escuché?
    —Se la compré porque compuso el techado de los animales y hacía calor —se justificó Paulina.
    —Ay, sí; ya mero. Estás de puta caliente.
    —Al menos yo no me estoy vistiendo como una puta caliente.
    Ya no eran las amigas que antes lo fueron. Ahora  discutían por cualquier pormenor, pero principalmente discutían por los coqueteos descarados hacia Fernando.
    Liliana solía escaparse y regresar a tiempo para recibir a su madre. Había dejado la escuela y, con el pretexto de buscar trabajo, solía reunirse con sus amigos. Paulina se molestaba porque no le ayudaba con el quehacer. Paulina estaba próxima a acabar el tercer semestre de la preparatoria y estaba muy cerca de los exámenes finales. Estaba presionada. Fernando también salía, y cuando terminaba sus “asuntos empresariales”, regresaba a la casa. Ese día se regresó con Liliana porque se la encontró en la esquina de la calle donde vivían. Fernando se subió a la azotea y su hermana se encerró en su cuarto. Paulina había salido por unas copias, mas había regresado a la casa tras encontrarse con doña María. Su madre estaba en una tanda y le había confiado a su hija entregarle el billete reservado para cuando doña María apareciera. Paulina regresó por el billete. Fue a la cocina pero el billete no se encontraba donde lo había dejado. Recordaba que su madre lo había colocado debajo de una muñequita de porcelana, dentro del cajón de la vajilla. Pensó que su hermana lo había agarrado y fue a preguntarle. Lo había hecho una vez, ¿por qué no otra? Su puerta estaba cerrada con seguro y la música estaba en volumen alto. Antes, fue a buscar a su hermano por un presentimiento que tuvo. Fernando no estaba en la azotea. Doña María esperaba el dinero afuera de la casa. Paulina estaba atrás de la puerta de su hermana. La Música se detuvo por breves segundos.
    Escuchó un gemido y le siguió otro.
    —Uh… ah… ah…
    Un gélido pánico hizo volar su mente hasta  oscurecerla en imágenes incestuosas, y un sudor frío comenzó a perlar su frente. Con torpes y rápidos pasos fue a donde su madre guardaba las llaves de la casa; regresó y metió una llave temblorosa en la cerradura de la puerta. Abrió de golpe.
    —¡Ay, pendeja! —expresó Liliana, cerrando las piernas.
    Con alivio descubrió que Liliana estaba sin compañía. En una de sus manos tenía un juguetito que se revolvía como si tuviera vida. Fue un momento bochornoso para Liliana pero más para Paulina, quien no hallaba cómo disculparse.
    —¿Qué quieres?
    —Quería preguntarte del billete.
    —¡Lárgate!
    Paulina regresó a la cocina  toda aturdida. En eso Fernando abre la puerta y tal como la ve, piensa (y puesto que se ha encontrado a doña María y hablado con ella) que está preocupada por el billete: “¿buscas el billete? Lo tomé prestado ¿Lo vas a necesitar?”
    No se había recuperado de la impresión ignominiosa  pero tuvo que hablar con doña María. Fernando se sintió culpable de llevarse el billete y fue a sacar dinero del banco que estaba a media hora viajando en auto.
    —Lo siento —le dijo, y le entregó el billete que ella más tarde fue a dejar a doña María.
    La madre de Paulina trabajaba en una tienda de mercería y llegaba a veces muy tarde. Cuando volvía, Paulina le ayudaba a realizar la comida, o si quedaban de acuerdo en una cena sencilla, Paulina la realizaba y todos se sentaban a cenar cuando la madre llegaba. En la ausencia de la señora, ellos comían lo que quedaba de la cena, pero desde que su hermano estaba con ellas, procuraba invitarlas a comer. Aquel día, en que Fernando bajó y salió a la calle, se llevó el billete para hacer unas compras (puesto que no tenía dinero en ese momento). Había traído unas hamburguesas. Paulina no quiso comer y Liliana acompañó a Fernando. Fernando tocó a la puerta de Paulina y ésta le abrió vacilante. “La he calentado en el horno”, le dijo con tono fraternal. “¿Estás enferma?”
    —No, no.
    —Siento mucho lo del dinero, pero ahora mismo voy al banco antes que cierren.
    —No es necesario.
    —Voy enseguida —y él se fue.
    Fernando tenía una personalidad paternal. Parecía cuidar de ellas. Era genial tenerlo en casa. No era bueno con las materias de la escuela pero sabía leer y escribir en inglés. Él se sentaba a un lado de Paulina y conversaban apaciblemente, a partir de ese día. Liliana había perdido el interés en exhibirse a raíz de verse sorprendida en la intimidad de su dormitorio. Comprendió por qué lo había hecho Paulina.
    Paulina estaba más cerca de Fernando y nada complacía más a Liliana que verlos en intimidad. Paulina confesó el secreto que le había dicho su hermana a Fernando.
    —Ahora que lo dices —dijo Fernando—, yo recuerdo a una mujer que me cuidaba. Estaba muy pequeño, pero…
    Lo que le dijo Fernando la confundió todavía más, pero reforzó lo dicho por su hermana.
    —Tú tienes el derecho de hablar con mamá —le aconsejó Paulina—. Es tu derecho saber la verdad.
   Fernando prometió preguntar, pero no lo hizo, y mintió a Paulina de que lo había hecho.
    —He descubierto que no somos hermanos —le dijo él—. Pero mamá dijo que no se lo podía decir a ustedes. —Paulina tuvo una alegría mal reprimida y abrazó a Fernando.
    Ahora a  todas horas los veían platicando.
    Cierta tarde, Liliana se había metido al baño y su distracción le obligó a regresar a su cuarto por una toalla. Los escuchó reír en la sala y ella se acercó. Aquellas risas eran más bien contenidas por la garganta para no resultar estruendosas. Silenciosa, Liliana se acercó a mirar. Desde detrás del sofá, fue acercándose para ver mejor. Sólo se veía la cabeza de su hermana pero no la cabeza de él. Al acercarse un par de pasos más, vio la cabeza de él recargada sobre el hombro de Paulina. Hasta allí, fue excepcional para ella verlos en esa posición sugerente, pero aún faltaba lo mejor; Fernando, en un movimiento sutil, puso su mano morena sobre la rodilla nacarada de su hermana. Liliana quien los observaba, respiraba azogadamente, incrédula al beneplácito que se le concedía. Él dejó la mano sobre la rodilla para seguir contando una experiencia propia. Después la besó en los labios. Fue un beso atrevido. Habría querido saltarles por encima de sus cabezas para gritarle a Paulina que se lo había tragado, el cuento completo de que no eran hermanos, pero no lo hizo. No tenía duda de que ella lo había creído y de que lo había convencido también a él. No le quedó duda de que ahora eran novios. Tal vez quería saber qué tan lejos podían llegar.
    Al siguiente día, mientras Liliana lavaba los trastos, y pensaba en un escarmiento adecuado para Fernando, éste se acercó silencioso. Unas manos la rodearon, alterándola.
    —¿Estás loco? —se viró Liliana.
    —Pero loco por ti. ¿Sabes de qué me enteré?: de que no somos hermanos.
    Se desconcertó.
    —¿Ah, sí? ¿Y quién dice?
    —De tu madre. Le pregunté y dijo que no éramos hermanos, pero tú ya los sabías. ¿Es por eso que me coqueteabas?
    En primera instancia, Liliana quedó confundida. ¿Ahora resultaba que lo que había inventado no era una falsedad? No se quedó con las ganas de comprobar lo que le aseguraba él, y le hizo una serie de preguntas. Descubrió que todo lo que le había dicho a su hermana, fielmente él lo repitió; en conclusión, él no había hablado con su madre: por lo tanto estaba mintiendo.
    —Pues… me alegra —dijo ella siguiéndole el juego.
    Él comenzó a besarle el cuello y a sobarle los senos.
    —Desde que te conocí, te deseé… —Sus manos y sus labios se movían urgentemente deseosos.
    —¿En serio?
    Ella lo dejó hurgar, sintiendo sus manos y sus labios hambrientos.
    —Oh… uhm.. no sabes cómo sufrí por el hecho de que nunca ibas a ser mía… uhm… Pero ahora eres mía, mía… mmm…
    —¿Y mi hermana? Te vi el otro día muy juntito con ella.
    —A ti es a quien quiero… uhm... —dijo sin vacilar ni detenerse.
    Luego de ver que él ya se estaba quitando el cinturón, ella lo detuvo en seco, diciéndole:
    —No, ahora no… Mamá puede venir de un momento a otro. Además Paulina está en su cuarto.
    —No me importa —dijo en frenesí de gozo—. Te quiero, te quiero…
    Ella lo apartó con todas sus fuerzas pero él regresó de nueva cuenta. Lo apartó de nuevo y dijo lo siguiente:
    —Haremos esto. Espérame en mi cuarto esta noche. Dejaré la puerta abierta para que entres sin hacer ruido.
   —¿Está noche? —dijo él, como diciendo que eso le iba a resultar una eternidad.
   —Sí, esta noche.
    —Podemos hacerlo ahora si…
    —No, esta noche. Te prometo que será inolvidable.
    Esa última palabra lo contuvo y lo motivó a que la espera iba a valer la pena. La miró de arriba abajo y se deleitó con sus formas. Sí, iba a valer pena. Se despidió con un beso.
    —Te quiero —volvió a decir.
    —Esta noche nos veremos —le aseguró.
    Apenas se apagaron las luces de la casa y Fernando en pies descalzos se trasladó hasta la habitación de Liliana. Entró silencioso y se deslizó sobre la cama, donde había un bulto. “Estoy aquí, amor”. Palpó ese bulto, pero éste, no tenía la dureza de un cuerpo caliente. Estaba desconcertado.
    Las luces se encendieron.
    —¿Qué pasa aquí? —Era la voz de su madre la que, perturbada, había preguntado.
    —Te lo dije, mamá, telo dije. Él nos está acosando.
    Las dos hermanas estaban junto a la madre. En la cama no había más que un par de almohadas acomodadas para que parecieran una persona dormida.
    —Eso no es cierto —repuso Fernando.
    Paulina estaba petrificada y su expresión reflejaba el dolor y la cruel decepción.
    —Todo lo inventé, tengo en parte culpa; pero él, dijo que te lo había preguntado y que tú le respondiste que no éramos hermanos y que tenía que guardar el secreto. Mintió para  estar conmigo y con Paulina.
    —¡Te odio! —dijo Paulina, antes de irse; pero no se lo dijo a Fernando sino a su hermana Liliana.
    —Ella me engañó —dijo Fernando, desesperado por justificarse—. Yo lo hice porque ella me atrajo con engaños.
    —¡Lo hice para que todos supieran la clase de hombre que eres!
    —Ella me engañó, madre. Yo no tengo la culpa.
    —¡Mentiste! Nos mentiste que le habías preguntado a mamá.
    —Eso no es cierto.
    —¡Eres un cobarde!
    —¡Basta! — exclamó la  señora—. Fernando, vete a tu cuarto. Liliana, quiero hablar contigo.
    —¡Pero mamá! —exclamó incrédula—, él intentó…
    —Dije que quiero hablar contigo.
    En lugar de reprender a Fernando, la señora descargó toda la ira de la confusión acaecida sobre la escéptica hija mayor.
    —¡Pero él nos mintió! —chillaba incomprendida Liliana.
    —¡Tú tienes la culpa por inventar todo eso! ¡Tú también eres una mentirosa!
    —¡Pero mamá! Él sabía que…
    —¡No me importa y te callas!
    Los gritos de madre e hija por fin terminaron. Liliana tardó en salir de su cuarto al día siguiente. No dirigió palabra alguna a Fernando cuando se lo encontró sentado en el comedor, junto a su hermana y su madre. Liliana cargaba una mochila al hombro.
    —¿A dónde vas? —preguntó con reclamo su madre.
    —A donde me escuchen —fue lo único que dijo.
    Liliana escapó de su casa un 23 de mayo y no sabe nada su familia de ella hasta la fecha.

    

viernes, 28 de diciembre de 2012

Tequila Saporengo



   El tío Antonio tenía su departamento a doscientos metros de la casa de donde vivimos. No había venido a pasar la Navidad así que, por la tarde del mismo día 25, mamá me obligó a llevarle un poco de la cena que engullimos en compañía de otros tíos, abuelos, primos, sobrinos, conocidos, etc. No tenía muchos deseos de ir a visitarlo, darle el abrazo y el blablablá de buenos deseos. No, no quería ir. Este tío me caía mal. Me consideraba un vago por el hecho de haber dejado muy pronto la escuela y de servir de un mal ejemplo para mis emprendedores hermanos. Cada que le resultaba oportuno, restregaba su brillante intelecto a la gente inculta, a la que sabía, no podía objetarlo. Tenía dinero y presumía de haberlo ganado sin ayuda alguna, lo cual era una mentira porque mamá me había confidenciado que fue su abuelo, el que le ayudó con el puntual pago de sus colegiaturas. Era un malagradecido, un tipo pedante. Un tipo insoportable. Pero mamá lo estimaba y estaba muy orgullosa de él, porque de vez en cuando le daba dinero o le traía la despensa del mes.
    Toqué el timbre en dos ocasiones. “No está, ya la hice”, me dije a mí mismo; y ya me iba cuando, en la cerradura de su puerta, vi la solitaria llave insertada, con un vistoso llavero, un puerquito columpiándose en el vacío. “Qué pendejo, dejó la llave puesta”. Cruzó por mi cabeza la exigida idea de llevarme la llave y entregársela, cuando llegara a contar el problema a la familia, pero algo me movió a entrar.
    El departamento era un asco. Había vasos, platos desechables, frituras en el suelo, latas de cerveza, botellas de refresco. También hallé restos de pizza y comida preparada. El tío Antonio había tenido su propia fiesta y es por eso que no había llegado a darnos el abrazo tradicional, cosa que festejé. El estéreo estaba prendido pero no se escuchaba ningún sonido. Fui a la cocina y dejé mi carga sobre la mesa. No tenía pensado dejarla ahí, por supuesto, pero lo hice para poder robarme una cerveza que se me antojó. Con la bebida en la mano, fui a asomarme a la recamara. En la cama nadie había dormido, mas sin embargo, estaba arrugada, como cuando alguien se revuelca en la colcha o da saltos como niño inquieto. Habrán salido a desayunar, pensé. Pasé al baño y oriné ruidoso. Efectivamente no había nadie en el departamento y ya me disponía a salir, cuando en eso, que escucho como un ronquido que vino desde la sala. Allí no vi nada, pero cuando me acerqué, a lo largo y sobre el asiento del sofá, cubiertos por una toalla de baño, hallé dos cuerpos. Los dos, semidesnudos.
    Me dio un brinco el corazón y quería salir de allí corriendo. Se trataba de mi tío Antonio y de una chica que aún no conocía. Fui a la cocina por la carga que había olvidado, pero me inmovilicé, luego de que llamaran mi atención unas botellas con la etiqueta de tequila Saporengo, “¿qué cosa?”;  el nombre me obligó a acercarme y así comprobar que no me había equivocado al leerlo. “¡No mames!” Yo conocía el tequila Saporengo porque uno de mis cuates lo adulteraba. La vendía a bajo precio en los bares de la colonia Nápoles. Si uno la combinaba con otra bebida, o la tomaba con moderación, no había problema alguno; pero si uno se excedía, uno quedaba seriamente intoxicado. No había duda de que el tío Antonio se había intoxicado con la bebida.  Fui de nuevo a la sala y traté de despertarlos: los moví, les hablé, los cacheteé. No lo logré. Supuse que despertarían hasta dentro de unas dos o tres horas, porque los muy tontos habían tratado de curarse la resaca con el mierdoso tequila. Me quedé observándolos, riéndome y burlándome de su estupidez. Luego recordé, que tenía que acomodarlos a manera que no se ahogaran con su propia saliva (la experiencia me lo había enseñado), procurando que no se obstruyera su respiración. Los dejé sentaditos. Al hacerlo, distinguí mejor el cuerpazo de la mujer. “Ay, wey: está rebuena. Pinche tío sí sabe escogerlas”.  Estaba en brasier; llevaba puesta una falda semicircular, abierta de un lado. No tenía zapatos, pero cuando los encontré, sentí una excitante necesidad de colocárselos. Luego de escucharla roncar, me di valor para meter cada uno de sus zapatos en sus pequeños pies. Cuando concluí mi morbosa tarea, dejé mi mano en su tobillo que estaba frío, sin dejar de mirarla. Eché un vistazo a mi tío y él se había ladeado hacia el otro lado. Roncaba como un animal. Yo estaba sudando y respirando por la boca, y mis dedos fueron subiendo por las suaves y perfumadas pantorrillas de la mujer. “En mi vida voy a encontrar una vieja como ésta”, me decía a mí mismo. Llegué a sus rodillas y no pude detenerme. Subí mi mano hasta sus carnosos muslos, invitándome a continuar. Subí su falda, y ya se imaginarán lo que encontré. Para ese instante, yo ya no era dueño de mí mismo. Moví la prenda hacia un lado y descubrí la acanelada grieta, con muy poco y finito vello púbico. La toqué con mis dedos y hundí uno de éstos, clavándose hasta lo profundo de sus entrañas; estaba caliente, húmedo y muy suave adentro. Pasé la lengua por los labios de la vulva, deleitándome largo rato. Ya tenía la verga de fuera cuando levanté sus muslos. Apenas la hundí y comencé a darle: clap, clap, clap, se escuchaban los chasquidos de su vagina cuando se la metía. Eché a mis hombros sus tobillos y me sumergí en un delirio indescriptible. Creo haberle llenado la matriz de un litro de leche.
    Regresé a casa con la comida, con las llaves y con unas ganas de mear insoportable. “No está nadie en casa –le dije a mamá- pero encontré estas llaves muy cerca de su puerta. Creo que son de mi tío”. 
    “¿No las probaste?”
    “No”.
    “Pero si quiere, puedo ir y…”
    “No-no, no, mejor deja que llegue”.
    “Eso pensé también”.
    En el año nuevo, el tío Antonio vino acompañado de la chica y la presentó como su amiga, la diseñadora gráfica. Vino vestida con un abrigo muy vistoso, y aunque llevaba puestas unas botas de tacón de aguja, me sacaba como treinta centímetros de altura. “¡Ay, wey!” Nos dimos el abrazo de año de nuevo, y aunque nos despedimos con un tímido apretón de manos y beso de cordialidad, estaba convencido de volver a cogérmela.
    Esto no sucedió, porque dos meses después, se comprometió con mi tío, y al año siguiente, se casaron; claro, después de dar a luz a un hermoso bebé que tenía, dijeron, un parecido increíble conmigo. Fue un año increíble. Espero este año que llega, sea todavía mucho mejor que el anterior.

viernes, 19 de octubre de 2012

Relato de una mujer cachonda


Comprobé que era una persona sexualmente deseable cuando, vistiendo leggis, faldas cortas o jeans ajustados, ponía nerviosos hasta a los hombres de mi propia familia. Comencé a vestirme provocativa desde muy chica y llegué a pensar que podía tener a cualquier hombre que yo deseara. Me gusta salir a la calle y mostrar mis piernas. Me gustan mucho mis piernas, especialmente cuando uso tacones y hago bastante ruido al caminar, como si me anunciaran. En la escuela, en los salones de clase, los maestros tenían que cerrar la puerta cuando escuchaban mis tacones aproximarse a su salón, me causaba gracia; sigue siendo lindo que me consideren una distracción, hay gente que suele pasar desapercibida y pienso que eso es lo más horrible del mundo. Suelo interrumpir conversaciones, quehaceres, obligaciones, lo que sea; me encanta que volteen a verme: hombres, mujeres, de cualquier edad. Me gusta seducir a la gente, mamá dice que lo hago desde que era una niña pero ahora soy muy consciente de mi coquetería y sé que me aprovecho de eso. Si les contara que hasta ilusioné a algunos maestros de mi escuela y hasta al director del plantel, y si no me creen, pregunten por qué tengo ocho de calificación final en mi certificado, cuando por lo menos, merecía un tres. Yo no aprendí nada de la escuela, nunca me interesó. Darme cuenta que era una mujer atractiva fue algo que me llegó y consideré como un regalo que Dios me debía, ya que hasta la secundaria, nadie me pelaba por la razón justificada de tener un cuerpo de tabla. No saben las veces que lloré en el baño. Llegué a sentir vergüenza de que todas mis amigas tuvieran su faje con su novio y yo nada, que no tuviera a nadie; mas sucedió en mí algo como una metamorfosis, sucedió que el gusano se transformó en linda mariposa y para pronto, quería volar desde ya.
    A excepción de mis dos mejores amigas, todos pensaban que ya había perdido la virginidad con uno de los tantos chicos que me mosqueaban, que anduve arrastrando. Por mi parte, habría perdido la virginidad desde hace mucho, porque ganas no me faltaban;  lo que sucede es que tenía un miedo pavoroso a quedar embarazada; ningún método anticonceptivo para mí era de mi fiel confianza (ya saben, lo que es ser ingenua). No quería que me sucediera como lo que le ocurrió a mis dos hermanas mayores: que las dos eran madres solteras y con un montón de chamacos arruinándoles la existencia (pobres estúpidas). Mamá fue muy clara en advertirme que si con ese ejemplo no aprendía yo nada, mejor que me «largara de casa». Estaba amenazada al igual que papá, que por cierto, la tía nos contó que en el pasado, el muy desgraciado nos abandonó para irse a vivir con una zorra. Seis meses después llegó papá de rodillas a la puerta del zaguán y pidiendo perdón a mamá. Total que regresó nuestro papá (de todo esto yo ni cuenta me di). No es que haya recordado de pronto que tenía familia, sino que la diabetes le empeoró la salud, y para colmo, la zorra no le dejó ni un centavo para gastar (le salió cabrona, como debe de ser). A Papá lo recuerdo siempre sentado en su viejo sofá, con sus lentes colgando de su nariz y leyendo el periódico del día que le traía mi hermano por conmiseración. Lo recuerdo como un hombre sumiso e inútil.
    Como decía, tenía yo un miedo brutal a quedar embarazada, pero al mismo tiempo, sentía unas ganas tremendas de tener sexo con alguien. Me acariciaba y me gustaba; y precisamente porque me gustaba, pensaba yo que el placer se incrementaría bastante si eran otras manos las que tocaran y acariciaran mi piel. Justo a la hora de dormir, parecía yo gata en celo al momento de cerrar la puerta de mi habitación. Después de ver algunas películas porno en la computadora, desnuda me iba a la cama. Abría y levantaba las piernas; posaba mis dos dedos sobre el pubis, los labios, toda esa zona. Me gustaba y no me cansaba de oírme. Tenía unas ganas depravadas por levantar una verga, es decir: que esa verga se despertara y se inquietara por considerar mi cuerpo toda una delicia, toda una exquisitez del más estricto chef; ah, pero no quería cualquier verga, quería una verdadera verga como las que veía en esas películas tres equis (a falta de conocer una real). Había visto el pequeño pene de un niño (de mis sobrinos jaja), y me preguntaba yo: “¿Esa porquería de pene llega a convertirse en una verga?: pues préstenme una para cultivarla ¿no?, jaja”.
    Deseaba anhelosamente una verga para mí solita; quería acariciarla, olerla, palparla con la punta de mi lengua; saborearla y chuparla como si fuera mi biberón. Verla crecer. Mi primer sustituto fue una zanahoria que robé de la cocina, jaja. Entró fácil pero no me calentó nada. Como estaba decidida a que un día me iba a entrar «verdadera verga», probé con un plátano, y después con un enorme pepino que entró completito. Me dolió un poquito porque no lo lubriqué adecuadamente. Después me compre uno de esos vibradores (y que todavía conservo, ustedes saben). La cosa fue distinta con este maravilloso juguete, porque con ese sí disfrutaba de lo lindo. El canijo juguetito se movía hacia adentro, daba vueltas, y uno podía controlar la velocidad de su movimiento. Ajúuua. ¡Se convirtió en mi juguete favorito!
    El coraje que tuve fue el de enterarme que una compañera de la escuela, una ñoña, tuvo sexo con uno de mis ex novios. Por mí que se quedara con él (que por cierto, resultó ser una buen chico porque reconoció al niño y se juntó con ella), pero lo que me molestó realmente fue que esa ñoña, ya la había probado, había sentido la verga de un hombre mientras que yo seguía con mi pinche aparatito para desesperadas. Quería ver una, quería tenerla frente a mí, tanto, que un par de veces mi primo me sorprendió viéndole la bragueta, imaginándome abriéndosela y extrayendo el bello aparato con mis temblorosos y excitados dedos; sí, admito que quería verla, y admito que quería comérmela si me hubiera dejado. Qué feliz habría sido si me hubiera dicho aunque sea con los ojos: “¿La quieres? ¡Es tuya!”; y aunque sabía que no iba a ser tan magnífica como la de un actor porno, sí iba a calentarme y bastarme. Veía tanto esas películas que hasta me había rasurado todo el vello del pubis, a fin de que mi vulva luciera igual a la de esas putas viejas. Por ingenuidad pensaba que así era como debía lucir una vulva de mujer. Hasta la fecha, me gusta mi vulva cubierta de pelos. No miento en decir que se asemeja a una bonita flor, con sus pétalos sedosos y rosados, saludando al que la disfrute observar. Ya no me rasuro desde que dejé de ver esas estúpidas películas  para machistas.
    Aquel día me desperté como a eso de las tres de la madrugada, bien cachonda, como nunca antes en mi vida había ocurrido. Me había ido a acostar temprano porque según me sentía yo mal (un pretexto, porque la verdad es que me había enojado con mi novio por una tontería que no recuerdo). A la casa había llegado toda la familia y un montón de gorrones, digo, conocidos nuestros para festejar el 16 de Septiembre. Había música y mucha comida. Estaban también nuestros vecinos y compadres de nuestros papás. Estaban también los nuevos pretendientes de mis dos hermanas: en conclusión, un desmadre. Se quedaron a beber, a cantar y a bailar hasta muy de madrugada. Escuchaba sus sonoras  risas de todas estas personas desde mi cuarto. Tal vez era su energía, su vibra, lo he pensado, el caso es que yo ardía, ardía en deseos de tener sexo. Aparté el cobertor porque sentía una clase de calor que no podía aliviarse con echarse un poquito de aire con un ventilador; aparté también la sábana y, quedando completamente desnuda, comencé a acariciarme vigorosamente. Comencé con los senos, largo rato, hasta que terminé frotándome la entrepierna. Tuve un primer orgasmo y no me pude detener; quería más, más, ¡más, por el amor de Dios! Me coloqué boca abajo y apoyada con mis rodillas, levanté mi culo, alto, muy alto (a veces hacía esto para calentarme más rápido, para imaginarme que tenía un hombre detrás de mí). Ojala llegara alguien y me la metiera, pensaba yo. Ojalá, ojalá…. Sentía que ardía por dentro  y más de una vez pensé en bajar a donde estaba la fiesta, bajar para buscar lo que imperiosamente pedía mi cuerpo; es decir: que quería yo una verga para meterla con urgencia a mi culo. Y mientras hundía mis dedos por los dos agujeros, pensé en mi querido vibrador que estaba a metro y medio de distancia de la cama, adentro del ropero y envuelto en una blusa que ya no usaba. Pensé en buscarlo, traerlo y usarlo, pero no lo hice, no lo hice porque me encontraba ya demasiado caliente para romper el delicioso ritmo. Mis dedos me deleitaban pero no bastaba, ¡no bastaba! 

    Repentinamente la puerta se abrió. Debió alguien escuchar mi ruego, mi suplica en voz alta. Ya lo he dicho, todos esos hombres me deseaban. Las luces se prendieron. ¡Apágala, apágala y cierra la puerta!, le dije sin voltearlo a ver,  sin romper mi maravillosa postura. Entrando se encontró con lo mejor que podía regalarle el mundo: mi deseoso culo. Mis dedos  seguían moviéndose desde la parte de abajo. Sabía que era un hombre (lo sabía porque lo había llamado, jaja). Escuché su jadeo. Métemela, le rogué, métemela por favor.  Me pareció que de eso pedía su limosna porque al instante sentí sus manos posándose sobre mis caderas. No me importaba quién fuera, yo sólo quería que me la metiera; quería solamente su verga, ¡su verga! Palpó mis nalgas hasta separarlas. Fue palpando hasta colocarla adonde apuntaban mis dedos. Yo misma la dirigí. Sentí la puntita caliente: húmeda y palpitante, ¡ah, ricura! Se fue hundiendo, deslizándose deliciosamente hasta que encontró su primer obstáculo: las paredes que la atraparon. Empujó suavemente, hundiéndose más profundo. Liberé un delicioso ruido. Volvió a empujar  y sentí que llegó la muy cabrona hasta la matriz. Gemí de frenesí. Dios mío, ¡sí que era larga! Me empaló totalmente, allí fue cuando me volví loca. Ah… ah…ah comenzaron las dolorosas pero deliciosas embestidas que tanto tiempo anhelé. ¡No te detengas, por favor no te detengas!, le pedía, al mismo tiempo que estrellaba su pelvis contra mis nalgas. Mi vagina chasqueaba y era música para mis oídos.
    Terminó pronto (o se me hizo poco el tiempo) pero no me importó porque ya había tenido esa noche tres prolongados orgasmos casi consecutivos. Estaba feliz. Apagó la luz y cerró despacito la puerta al tiempo que yo seguía sintiendo los placenteros espasmos en mi entrepierna. Estaba cansada y muy satisfecha por la cogida que el desconocido me había dado. Amanecí desnuda, e incluso meada, en el mismo lugar que me dejó cuando él se desprendió de mi cuerpo. No sé quién me cogió, pero se lo agradezco  porque desde ese día, el fuego que sentía yo por dentro, se apagó, regresando a su estado de apacible normalidad.
    Si me preguntan que por qué no estoy preocupada si pudo haber sido uno de mi familia, sí, puede ser, pero qué más da si yo fui quien se lo pedí. Pudo haber sido mi padre, pudo haber sido mi hermano, pudo haber sido alguno de mis tíos o mis primos; pero también pudo haber sido un suertudo vecino o un padrino. Ninguno de todos estos hombres me dio indicios de sospecha, ni ninguno de mi familia se acercó para guiñarme un ojo siquiera. Para mí es algo que quedó en el olvido, y si escribo esto es para ya jamás volver a tocar el tema. Pero antes de despedirme del lector, diré algo más que quizá llegue a tranquilizarlo (o a intranquilizarlo todavía más, jeje). Sucede que en el cuarto de cachivaches inútiles, mientras buscaba un no-recuerdo-qué-cosa, me encontré con un cinturón, y adherido a éste, un tremendo vivorón, tan  detallado y perfecto, que pudo haberlo usado aquel día una de las mujeres; posiblemente una de mis hermanas e incluso, porque no: mi propia madre. Aquella verga de silicona se calentaba en su superficie, era de pila recargable y se movía como un gusano inquieto. Mejor terminamos con esto, antes que se me siga quemando el cerebro, sobre quién pudo haber sido. Tal vez en otro capítulo la haga de Sherlock, ¿no? 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Cosas del azar

 


    Antecedentes: Marisa y el guante.

    Afuera se escuchó la moto de su vecino Miguel, y Patricio salió en seguida llevando consigo una desvencijada libreta (lo que hace suponer que desde hacía rato lo estaba esperando). “¿Adónde vas?”, preguntó su hermana Marisa, sintiéndose con el suficiente derecho de pedirle explicaciones a su hermano. “No te importa”, le respondió grosero él, cerrándole la puerta al salir.
    Patricio fue con Miguel para pedirle ayuda con una tarea de Taller de Electricidad que no entendía. “¿Qué te pasó en la cara?”, preguntó divertido Miguel. “Me caí”, fue la respuesta que por supuesto su amigo no se creyó. Juntos vieron el diagrama eléctrico y juntos planearon cómo iban a armar el complejo circuito. En el cuarto de Miguel comenzaron la tediosa tarea. Era la primera vez que Patricio entraba en el cuarto de su amigo. Estaba armando el circuito. Patricio comenzó a hacerle un sinfín de preguntas, algunas  incómodas como de si ya había tenido sexo, si ya lo había hecho con la chica que últimamente estaba saliendo con él (y que Patricio había visto desde su ventana). A Miguel no le gustaba hablar de esto y esquivaba las preguntas. “Todavía estás chavo para saber de esas cosas”, fue la respuesta que tuvo. Patricio le pidió que le regalara un condón, porque le dijo que pronto iba a tener sexo. “¿En serio?” Después Miguel preguntó por la tía de Patricio.
    —¿Tía Érika? Con ella no tienes chance —le dijo Patricio.
    —¿Por qué no?
    —Porque ella sólo sale con… —Patricio se interrumpió para no lastimar a su amigo, de decirle que Miguel no tenía dinero, que no tenía trabajo y que… no había terminado ni la preparatoria;  además de que a  su tía le gustaban los hombres exitosos e inteligentes, no obstante él lo admiraba, su libertad, de hacer lo que diera la gana, de saber pelear, de no temerle a nada ni a nadie; de tener una moto, de tener una novia, entre otras cosas.
    —¿Perdedores?
    —No, no perdedores…
    De Miguel se decían muchas cosas; últimamente decían que se estaba metiendo al vicio de la bebida.
    —¿Dónde aprendiste a hacer eso? —cambió de tema Patricio, dirigiéndose al circuito que estaba a punto de concluir Miguel. Básicamente cables, interruptores, sockets, focos, montados sobre una tabla. 
    —Quemando fusibles.
    Al poco rato Marisa tocó a la puerta, preguntando por su hermano, si todavía se hallaba dentro de la casa. Patricio se enfadó que lo buscaran.
    —No te enojes. Tienes suerte de que se preocupe por ti —dijo afectivo Miguel.                                
    —Se está creyendo mi mamá. Es insoportable.
    —Será una excelente madre.
    —Nadie la querrá.
    —¿Que no?
    Un interruptor hizo click, y el foco desparramó toda su luz radial.
    —¿Porque lo dices?
    —Porque es… Tus hermanas son guapas. Hombres no les faltará. 
    —Porque no las conocen. Oye, ¿y esa niña de la foto?
    Miguel levantó la mirada, el retrato estaba en el escritorio, atrás de unos viejos periódicos.
    —Ése eres tú, ¿pero esa niña? ¿Una prima?
    —Mi hermana.
    —¿Tienes una hermana?
    —Tenía… —dijo casi en un hilo de voz—. Murió. Creo que ya quedó. Está listo.
    Durante la comida del domingo, todos estaban reunidos, la familia González; Patricio reveló a su madre sobre lo que había descubierto en la casa de Miguel, y preguntó si ella sabía que Miguel tuvo una hermana.
    —¿Una hermana? —inquirieron con sorpresa Marisa y Cecilia.
    —Miguel estaba muy chico —comenzó a decir Verónica—, tenía creo unos nueve o diez años cuando su hermanita se cayó de las escaleras. Pobre Miguel; qué duro fue para él, pues ella estaba a su cuidado. Tenía tres años la pequeña cuando sucedió el accidente.

***

    A la una de la madrugada se escucharon unas voces exaltadas viniendo de la casa de Miguel. Se llevaba a cabo una exacerbada discusión. Marisa fue despertada y vio cómo Miguel salía de la casa todo enojado. Se perdió su silueta en la penumbra de una solitaria y silenciosa calle.  

***

   Verónica recibió de voz preocupada de Marisa la noticia de que a Miguel lo encontró vagando en una calle mientras se dirigía a la casa, y que se hallaba en un deplorable estado que inquietó a su encantadora hija. Ambas mujeres fueron a buscarlo, lo trajeron con ellas después de que lo persuadieron de regresar a su casa. La familia de Miguel se había marchado de emergencia a visitar al debilitado abuelo del joven. No iban a tardar mucho, supuso Verónica, así que consintió que Miguel viviera con ellos, unos días para no violentar las cerraduras de la casa de su madre, a fin de que se reconciliaran ambas partes; por supuesto con la condición de que dejara la bebida y cualquier otro vicio que tuviera. “Sin dinero… qué vicio he de alimentar”, les dijo. Verónica le dijo que sus padres lo habían estado buscando y que de verdad querían volver a recuperarlo. Miguel contó con tristeza en los ojos, que él también los extrañó; sólo él sabía qué cosas horribles había visto en esos meses que vivió en la calle. La discusión que provocó su huida (dijo), fue causado por el innecesario reproche del duro pasado donde su hermana falleció. Lo culparon directamente. Dijeron que ella valía mil veces más que él. Verónica y Marisa escucharon todo lo que él les dijo con conmovedora atención. Para agradar el momento, le sorprendieron con la noticia de que Angélica ya se había casado hace un año y que ya esperaba bebé. Cecilia (la otra hermana de Patricio) se había juntado con un chico dos años mayor que ella y se habían ido a vivir con los padres del muchacho que habían decidido apoyar a la joven pareja. De esta manera, Patricio y Marisa eran quienes quedaban solteros. Verónica había hallado un compañero, un hombre de cincuenta años a quien no le pareció concordante que Miguel se quedara unos días, el necesario hasta que llegaran sus padres. El hombre era un sujeto con una saliente barriga, un bigote y cejas espesas; de esos sujetos hoscos y de cabeza calva. Poseía dinero y se notaba era muy exigente. Tenía reñidas peleas con Patricio, al que acusaba de haragán sin remedio por reprobar tres materias de su escuela privada que el sujeto pagaba. Patricio prefería salirse a la calle que tener que escucharlo. Miguel presenció una escena de éstas cuando el hombre, por necedad alguna, quería que Patricio se cortara de inmediato ese cabello que le parecía al de un delincuente. Patricio le dijo que no lo iba a obedecer porque en primer lugar, él no era su padre. Vaya la rabieta que hizo el pobre gordinflón. Miguel optó también por salirse a la calle que quedarse a escucharlo. Dormía en el sillón de la sala y solamente aceptaba una comida cuando estaba el hombre de buen humor.
    Desde que Miguel llegó a la casa, Marisa parecía haber despertado de su adormilado estado, que últimamente la caracterizaba. Atenta con una sonrisa, servía los platos para la comida o la cena; ayudaba a su madre en la cocina y era cosa extraña de ella ya que desde que entró a la preparatoria, no había puesto mano auxiliar adentro de la cocina. Acometida fue a la tienda de ropa y compró varios pantalones y playeras para que Miguel dejara de vestirse con la misma ropa prestada de su hermano Patricio. Escuchaba atenta, con los ojos luminosos cuanta palabra superflua saliera de la boca de su invitado. Era muy notorio que la despabilada chica buscara el placer vanidoso de agradar a Miguel; incluso comenzó vestirse de una manera un tanto provocativa, con zapatos altos y descubiertos; con mallones ceñidos a un sinuoso y delgado cuerpo. Difícil le resultaba a él (Miguel) tenerla muy cerca y no experimentar una innegable virilidad en respuesta presente a su revelador atuendo. La dulce niña Marisa había crecido. Tenía los ojos grandes y claros como los de su madre. Era realmente atractiva. Él se dio cuenta del pringado fanatismo hacia su persona, incluso hasta para Patricio fue muy evidente. Cada que regresaba ella de la escuela y lo encontraba a él en el patio de su propia casa, largo rato se quedaban hablando.
    —¿Y piensas tener algún día muchos hijos? —le preguntó curiosa ella. Apartó el cabello de sus ojos y esperó paciente la respuesta.
    —Quizá uno.
    —¿Sólo uno? ¿Y si tu mujer desea más?
    —Entonces… haremos más. —Ambos rieron divertidos.
    Llegó el ogro en su lujoso automóvil. La casa de Marisa ya no era la misma que Miguel recordaba. Todo el patio era cuidado por un viejo jardinero amargado igual que su patrón. Tenían muebles nuevos, piso y paredes lustradas. Tenían planes de vender la casa a buen precio a fin de mudarse a otro lejano lugar. A Marisa tampoco el ogro le caía bien.
    —Siempre discuten —le dijo Marisa—. Él quiere un hijo y mamá ya no quiere embarazarse. Los escucho pelear en la madrugada.
    Era obvio que Verónica lo había aceptado por su dinero. Ya no trabajaba y con más tiempo para ella, había recuperado una sensual figura a sus treinta y siete años. Se había casado muy joven. A los 16 tuvo a su primer hijo: Angélica. Verónica había llegado a la colonia con sus cuatro hijos y con un tipo presumido que en apariencia parecía le doblaba la edad. No era el padre de las primeras dos niñas, según sabía por lo que le contaron. Un día se marchó con su amante y Verónica estuvo a punto de… Dicen que estuvo muy cerca de suicidarse. No cortándose las venas ni nada parecido, sino que dejando de comer. Y los niños los recogió la madre de Miguel, con Angélica de siete años, con Cecilia de seis y los dos pequeños: Patricio y Marisa. Doña Sandra les dio de comer, los aseó, les compró ropa. Y Miguel, de quince años los veía a los cuatro jugando por toda la casa. Él veía que a su madre le encantaba tenerlos junto a ella. Verónica se recuperó y pronto parecía tener la fortaleza para criar a sus hijos ella sola. Tanto a ella como a su hermana, las habían corrido sus padres por fugarse con sus novios. Miguel recordaba aquella mujer hermosa con cuatro hijos. Soñaba con ella, trayéndola a sus fantasías más vulgares de adolescencia incomprendida. Le ayudaba con sus hijos para buscar tener una oportunidad con ella. La tuvo, sólo que ella le prometió que nunca más se volvería a repetir; pero ahora que la volvía encontrar, en lo muy profundo de su ser, la deseó para él, una vez más.

***
    Había transcurrido toda una semana sin que todavía llegaran los padres de Miguel y al ogro le dio por utilizarlo de ayudante para terminar de remodelar la casa de los González. El tipo era un completo idiota que para demostrar que no era ningún inútil, se empeñó a reparar la vieja tubería del fregadero que desde hacía varios días goteaba; una cubeta impedía que llegara la frecuente gota al piso y se encharcara. Gritaba, maldecía, se ensuciaba. Los dos hombres se habían quedado a terminar el importante trabajo en un fin de semana. Miguel regresaba de la tlapalería cuando, al pararse cerca de la puerta logró escuchar un chillido, algún objeto que se cayó, que se rompió en pedazos. Tocó a la puerta. Esperó. Fue una espera eterna. Ahora tocó el escandaloso timbre. El ogro abrió. Estaba nervioso, sudoroso.
    —Ah, Miguel… se me olvidó que trajeras un llave-de-paso.
    —¿Una llave?
    —Sí, sí…
    Y para qué diablos quería una llave-de-paso, se preguntó Miguel. Luego le entregó un billete que para que se tomara una cerveza por allá, porque estaba haciendo demasiado calor. Aquella muestra repentina de benevolencia le hizo sospechar que el tipo escondía adentro algo, ¿pero qué podía ser? Patricio había salido con unos amigos, Verónica y Marisa acababan de salir a comprar algunas cosas. Estaba por darse la vuelta cuando escuchó que desde adentro le llamaron. “¡Miguel!” El ogro estuvo a punto de cerrarle la puerta de no ser porque el joven interpuso el dinámico pie.   
    —¡Ya lárgate! —dijo el ogro, y Miguel se arrojó con todo su peso y fuerza hacia la puerta; el ogro se fue para atrás y cayó.
    Adentro encontró a Marisa, con los jeans desabotonados, con la blusa desgarrada… la cara bañada por el rocío húmedo de las lágrimas que la ahogaban. Sin dudarlo, Miguel se arrojó sobre el voluminoso hombre que la había mancillado, arremetiéndole con salvajes puñetazos, en una furia casi inhumana. Zas, zas, zas. Debieron ser unos treinta golpes. “¡No, Miguel, lo vas a matar!, ¡lo vas a matar!” Marisa misma tuvo que detenerlo. Difícil tarea. A ambos les temblaban las manos, el cuerpo, pero sólo Miguel tenía los nudillos bañados en sangre. Marisa había sido regresada por su madre para recoger un dinero que estaba en la cocina, en el cajón de los cubiertos. Allí estaba el ogro, viéndola como mujer, objeto de su deseo. Intranquila deseó salir lo más rápido posible de la cocina, el sujeto la atrapó de un brazo, le dijo que si ella quería, podía tener lo quisiera; se le declaró, rogó por su amor. Ella hizo como si no escuchara nada, se soltó, se dirigió a la puerta, él la volvió a atrapar, esta vez la ciñó de sus caderas. “Piénsalo”. Ella se volteó y le plantó una severa cachetada. Iracundo se abalanzó sobre de ella. Comenzaron a forcejear. “Lo que quieres es que te eduquen” le dijo él. “Necesitas un hombre”. Las manos grandes y regordetas suyas comenzaron su atropellado cometido: vulnerar a la encantadora joven. Él adherido a la espalda de ella, tratando desde atrás de bajarle el ajustado pantalón; ella, resistiéndose con toda la fuerza que le quedaba. El tipo yacía convertido en un sucio animal. Al ver que Marisa no daba muestras de resignación, le dio un duro golpe en las costillas que la dejó sin aire. Tocaron a la puerta. El tipo no sabía qué hacer ahora. “Guarda silencio”. La amenazó que si no lo hacía, la iba a matar. “Te juro que lo haré”.  El timbre sonó. Marisa se acercó para escuchar quién podía ser, quién podía rescatarla; sería Miguel, «ojalá fuera Miguel». “Ah, Miguel…”, dijo el ogro, y entonces ella se fue acercando, debilitada por el cobarde golpe que recibió. Con toda su voz quebrada lo llamó. Luego él la encontró.
    El tipo se levantó, ensangrentado salió y se marchó en su lujoso auto. Marisa lo amenazó con decirle todo a su madre. Ya no respondió, se marchó sin colocar una sobrada objeción. Cuando Verónica regresó, preocupada de que su hija no volviera, y le contaran todo lo ocurrido, reventó en una incontrolable furia hacia el hombre que estuvo a punto de violar a su inmaculada hija.      Patricio llegó cuando las cosas estaban un poco más tranquilas. Verónica ya había hablado por celular con el hombre, amenazándole que lo iba a acusar ante el Ministerio Público por intento de violación. Patricio preso de una ira similar a la que desplegó su madre, no paraba de decir que si lo volvía a ver, lo iba a matar. Había visto toda la sangre regada en el suelo y que ya su madre estaba limpiando. Le tranquilizaba saber que su admirado Miguel le había dado su merecida paliza; por su parte Miguel yacía aliviado. Marisa se retiró a su cuarto. Patricio quería saber los pormenores de la pelea. Al último, ya entrada la noche quedaron Verónica y Miguel en la sala, hablando sobre el futuro actuar para con el sujeto, de llegar a un acuerdo para que se llevara sus cosas, de demandarlo o no. Luego Verónica se echó a llorar, culpándose de ser una mala madre para sus hijos. Miguel no estuvo de acuerdo. Dijo tantas cosas que admiraba de ella.
    —De no ser por ti… Fue ella, Marisa quien te trajo. Debió presentirlo.
    —Cosas del azar —dijo él.
    —No… no del azar…
    Y Verónica se abalanzó a buscar la boca pequeña de Miguel, en un abrupto de agradecimiento, comprensión y fragilidad.